miércoles, 18 de abril de 2012

arder las hojas

detesto

ser testigo de mí misma

en el estrépito

ciego de la inercia


quiero ser

una jauría de hojas


volando


incendiada


arder las hojas

lunes, 19 de marzo de 2012

domingo, 2 de octubre de 2011

los duplicios - su reproducción

Los duplicios se reproducen de una manera exótica. Exótica para cualquiera que no sea duplicio. Sino, es bastante común.

Empieza todo con un alargamiento de los dedos. Los de una mano, nunca de la otra, se empiezan a estirar. Lento.

Una falange, dos falanges, tres. Los duplicios son muy parecidos a los humanos. Salvo por la piel cósmica y esto de la reproducción.

Tres falanges, una palma. La mano nueva se espeja con la mano madre. No se despega. Ya entonces la mano que nace tiene alguna movilidad, aunque un poco torpe.

A los duplicios la reproducción no les duele. Pero sienten una especie de tirantez en la piel que no les encanta. Por eso no se vuelven locos por reproducirse.

De la palma se estira un antebrazo. Una cosa extrañísima para el que no es duplicio. Y después un brazo. En esta etapa la cosa es bastante grotesca todavía.

Un hombro, media espalda. Al duplicio madre le pesa sostener el cuerpo del otro. La pelvis se demora más. Es compleja, se va formando hacia afuera.

El duplicio siempre reproduce otro duplicio, pero del sexo contrario. No es una opción. Si es hembra, duplica macho. Si es macho, hembra. Algunos se frustran por esto.

De la pelvis, una pierna y pie. En esta instancia el equilibrio es frágil para el duplicio naciente. Al duplicio gestante le da un hambre terrible. Pero tiene que esperar.

La cintura y una pierna más, con su pie. Si el naciente es macho, los genitales. Si es hembra, lo mismo pero para adentro.

El resto de la espalda, hacia arriba. Los duplicios se reproducen siempre entre los quince y los sesenta y tres años. Nunca después de los sesenta y tres. A veces antes de los quince.

Otro hombro, el cuello. La cabeza que se demora con el tema de los ojos y los pelos. Un lío, tarda mucho.

Del hombro último, el brazo que falta. Cada vez más lento. El antebrazo. El duplicio gestante tiene un sueño terrible. Le tira la piel de una manera.

Finalmente, una palma. Muy similar a la primera, no igual. El sexo es otro. Una falange, dos falanges, tres. Ya es completo.

Un hambre tremenda. El duplicio de origen se duerme. Sueña un sueño. El nacido despega sus falanges de la mano madre. Le besa la frente al gestante y le acaricia. Al rato duerme también.

Nacer es sumamente cansador para los duplicios.

domingo, 21 de agosto de 2011

estos tipos

Estos tipos me serenan cuando quiero tirar todo a la mierda. También sirven para los viajes en colectivo.

sábado, 13 de agosto de 2011

una imagen

Nueve y media de la noche.
Dos horas extras en el trabajo. Total, once horas.
Compartimos la pena con N. por mensajitos.

J.: Me hice unos mates para darle un poco de sentido a todo esto
N.: Un tequila ni a palos, no?
J.: Imaginate. Termino corriendo en bolas por Santa Fe, gritando 'Soy la hija de Jebús'
N.: No da
J.: Viste que genial el nombre La Hija de Jebús para una banda?
N.: Sabés que es buena idea! Suena bien eh!

Moraleja: las horas extras dan problemas de la mente.

martes, 9 de agosto de 2011

redondeando

No puedo suponer que tendré todas las respuestas, que las encontraré alguna vez. Pese a todo lo que diga esa nenita interna del alma, que es como los locos, que todo lo conoce y de todo da cuenta. Qué lindos los locos, los locos lindos, claro.

Me sucede que siempre quiero las respuestas, a todas las cuestiones, a todos los dilemas. Me sucede que a veces le creo a la chiquilla interna unas pavadas que me dice; porque me gusta creerlas, porque son pavadas muy bonitas, no porque desconozca su inverosimilitud. Sus respuestas son tan claras, tan circulares, nada se escapa al círculo de su decir. Lo que ella dice, es. Y cuando dice, ha dicho.

Otras veces, algunas, me obligo a crecer y a no escucharla. Pienso, reformulo, reflexiono, patino en los recovecos refritos del ‘mí misma’ que me lleva, hasta en los feos. Pienso, pienso, sufro, desconozco las respuestas y sufro.
Pero eso es crecer, ¿no? No escuchar a la chiquilla de las pavadas redondas. Pensá Juliana, date cuenta de tu incertidumbre, hacete cargo de tu no saber, de tu no poder, crecé, que la vida es no saber cómo, ni con quién, menos para qué, y pese a todo vivirla, y pese a eso disfrutarla.

¡¿Para qué?!, le digo, le pregunto, a la nenita del interior, la del alma, para qué todo esto, nenita, si es más lindo que me digas las cosas simples, los arcoíris, el sol en la plaza, la torta de banana y nuez, la ropa con olor a limpio, todas simples, todas claras. Todas todas. Ella sonríe y me contesta los colores primarios.

Y yo así ando, entre los discursos de la chiquita, los de las bellas palabras, los de los cantos ridículos y hermosos, y los discursos de la otra, la nublada, la que piensa, la que todavía no tiene nombre ni para decir su nombre. La que se asusta y se va a la casita del árbol, una, cinco veces por semana, a charlar con la nenita del interior, que le cuenta la vida redonda.